LA IGLESIA DE LOS POBRES

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Autor: Víctor Hugo Tumba Ortiz
Fuente original: Diario La Industria. 30 de julio de 1998.
[Título original: “La Iglesia de los pobres”. Pero fue publicado con el título “Un albergue para los pobres”]

Jesús, en Nazareth, donde se había criado, un sábado, como era su costumbre, entró en la sinagoga y leyó al profeta Isaías: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido, me ha enviado a anunciar a los pobres la buena nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”… Y luego añadió: “Esta escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy”…
ESA ES LA REVOLUCIÓN DE CRISTO
Hace dos mil años que Cristo dijo eso, y es desde entonces que el Señor fundó su Iglesia con los pobres para hacer la revolución del amor… Una revolución radical y auténtica, desde los pobres y para los pobres… Quizá los cristianos de hoy lo hemos olvidado… Sin embargo, es la parte central y esencial del Evangelio y el postulado universal más hermoso del Reino de Jesucristo… Es por eso que el Concilio Vaticano II ha dicho hace más de treinta años: “Los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (Gaudium et Spes n. 1). Y es por eso también que la Iglesia de América Latina ha hecho proféticamente una opción preferencial por los más pobres… Y es que jamás se podrán olvidar las palabras del Maestro: “Lo que hagan con el más humilde de mis hermanos lo hacen conmigo”…
EL BUEN SAMARITANO
Los pobres son cada vez más pobres… Hay más dolor y miseria… Y el clamor de los humildes llega hasta el cielo, y cuestiona a la sociedad cristiana de estos días… Los avances tecnológicos y las nuevas políticas sociales y económicas de los últimos tiempos han creado, paradójicamente, un armamentismo más sofisticado para la guerra, y han hecho que el mundo se deshumanice cada vez más… Y el mensaje de Jesús se pierde muchas veces entre los papeles y discursos bonitos… Pues contradictoriamente en veinte siglos de cristianismo hay más sufrimiento, más desigualdades, más injusticias, más opresión, más miseria y más actitudes inhumanas… Los pobres mueren más de hambre ante la opulencia de unos pocos que lo tienen todo… Y Cristo, ante esta realidad, nos reprocha, nos incrimina, nos llama la atención… Y, a la vez, nos convoca para ser hoy, como Él, también nosotros, el Buen Samaritano… Pues, los pobres ya se han cansado de aquellos “sacerdotes” y “levitas” que, en estos momentos, ante ellos, nuevamente, se “pasan de largo”… Se han cansado de aquellos que los usan y jamás los ayudan… Se han cansado de los políticos y los gobernantes, de los asistencialistas y de los indiferentes, de los legisladores y de los juristas… Se han cansado de los falsos profetas de la justicia, que sólo actúan por conveniencias y oportunismos… Se han cansado de las diplomacias, de las demagogias, de las democracias aparentes y de los organismos internacionales, manejados por los poderosos, y que más hablan y nunca arreglan nada… Se han cansado de los luchadores de clases y de los pacifistas que, al final, lo único que hacen es complicarles más la vida enredándoles en sus falacias y en sus trincheras… Se han cansado también, por qué no decirlo, de aquellas “opciones por los pobres” sin obras y sin amor, y de las discusiones académicas de la “teología de la liberación”, que jamás entienden y menos les importa… Se han cansado de tocar las puertas de las casas, de los templos, de los colegios, de las instituciones que trabajan “en nombre de la fe”, y que para ellos siempre están cerradas… Los pobres no quieren más discursos vacíos, ni canciones de protesta, ni oraciones piadosas… Pues, con todo, cada día se mueren más de hambre, y hasta parece que nadie escuchara el clamor de su dolor y de su miseria… Porque nadie quiere solucionarles sus problemas… Todos evaden y todos se “lavan las manos”… Y el sufrimiento sigue… Y los pobres lo que quieren es pan y vestido, y lo que buscan es un hogar en el amor… Lo demás ya les sobra, les estorba y les hace sufrir más… Lo que quieren es no dormir más en las calles y no buscar comida en los basurales… No quieren nuestros “regalos” ni nuestros “falsos altruismos”… Lo único que quieren es, y con razón, que les restituyamos aquello que la sociedad les ha quitado con sus injusticias y abusos…
UN ALBERGUE PARA LOS POBRES
Así, pues, Cristo quiere que ya no pasemos más de largo ante los pobres… Quiere que les demos la mano y el corazón… Quiere que los levantemos de donde están, para ofrecerles un albergue con pan, amor, justicia, abrigo y hermandad… Cristo quiere así que erradiquemos totalmente la pobreza y la miseria de nuestros tiempos… Que no haya ya más imperialismos, ni dictaduras, ni liberalismos económicos… Que los países ricos y poderosos no opriman más a los países pobres… Porque esa es también la revolución de Cristo… Y por eso aquí en Trujillo queremos levantar en el amor el Albergue de los pobres: de los menesterosos, de los harapientos, de los que duermen por las calles, de los que comen en los basurales, de los apestados, de los que lo han perdido todo, de los que ya no tienen esperanza, de los que se han cansado de luchar, de los mendigos, de los desheredados, de los desposeídos, de los desahuciados, de los marginados, de los despreciados, de los desquiciados, de los olvidados, de los que no tienen nada… Porque ellos hoy nos reclaman que seamos sus prójimos, porque ellos tienen la misma dignidad que todos y porque ellos son nuestros hermanos… Y porque dice el Señor: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve desnudo y me dieron vestido, estuve en la cárcel y enfermo y me fueron a visitar”…
CON LA DECISIÓN DEL AMOR
Para el Albergue de los pobres no necesitamos ni de los capitalistas ni de los adinerados… Lo único que se necesita aquí es la decisión y el testimonio de nuestro amor… Lo demás vendrá por la Providencia divina, como se han realizado siempre las verdaderas obras de amor de la Iglesia… El amor es la fuerza más poderosa que mueve los corazones y las conciencias… Lo demás vendrá por añadidura… Pues, “Cristo, siendo rico se hizo pobre por amor nuestro, para que nosotros fuésemos ricos por su pobreza”… Y así, Cristo pobre, quiere con nosotros, y con todos los pobres del mundo, hacer su revolución, sabiendo que somos, como dice san Pablo, “el desecho del mundo y el estropajo de todos”, y, además, porque “Dios eligió la necedad del mundo para confundir a los sabios, la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo plebeyo del mundo, el desecho, lo que no es nada, lo eligió Dios para rebajar a lo que es, para que nadie pueda gloriarse ante Dios”… Por eso, con el desecho y el estropajo, Cristo ha formado su Iglesia de los pobres, para hacer su revolución en el amor… Para vencer en la resistencia no-violenta a los poderosos y opresores y para cambiar las estructuras por los caminos de la paz.
Así podremos orar de verdad con la plegaria eucarística: “Danos, Señor, entrañas de misericordia ante toda miseria humana… Ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido… Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”…
Y ojalá, algún día, haya un gran albergue para todos los pobres del mundo, donde ellos construyan en la tierra la civilización del amor y donde todos seamos hermanos en el mandato de Jesús: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”…

NOTA DEL AUTOR: En 1968 los obispos reunidos en Medellín afirmaron proféticamente lo siguiente: “El episcopado latinoamericano no puede quedar indiferente ante las tremendas injusticias sociales existentes en América Latina, que mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una dolorosa pobreza cercana en muchos casos a la inhumana miseria. Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte. ‘Me están ahora escuchando en silencio, pero oigo el grito que sube de su sufrimiento’, ha dicho el Papa Pablo VI a los campesinos de Colombia. Y llegan también hasta nosotros las quejas de que la jerarquía, el clero, los religiosos, son ricos y aliados de los ricos. Muchas causas han contribuido a crear esa imagen de una Iglesia jerárquica rica. Los grandes edificios, las casas de párrocos y de religiosos cuando son superiores a las del barrio en que viven; los vehículos propios, a veces lujosos; la manera de vestir heredada de otras épocas, han sido algunas de esas causas. El sistema de aranceles y de pensiones escolares, para proveer a la sustentación del clero y al mantenimiento de las obras educacionales, ha llegado a ser mal visto y a formar una opinión exagerada sobre el monto de las sumas percibidas. Añadamos a esto el exagerado secreto en que se ha envuelto el movimiento económico de colegios, parroquias, diócesis: ambiente de misterio que agiganta las sombras y ayuda a crear fantasías. Hay también casos de condenable enriquecimiento que han sido generalizados. Dicho todo esto, habrá que recalcar con fuerza que el ejemplo y la enseñanza de Jesús, la situación angustiosa de millones de pobres en América Latina, las apremiantes exhortaciones del Papa y del Concilio, ponen a la Iglesia latinoamericana ante un desafío y una misión que no puede soslayar y al que debe responder con diligencia y audacia adecuadas a la urgencia de los tiempos. Cristo nuestro Salvador, no sólo amó a los pobres, sino que ‘siendo rico se hizo pobre’, vivió en pobreza, centró su misión en el anuncio a los pobres de su liberación y fundó su Iglesia como signo de esa pobreza entre los hombres… Por todo eso queremos que la Iglesia de América Latina sea evangelizadora de los pobres y solidaria con ellos… El particular mandato del Señor de ‘evangelizar a los pobres’ debe llevarnos a dar preferencia efectiva a los sectores más pobres y necesitados y segregados… Exhortamos a los sacerdotes a dar testimonio de pobreza y desprendimiento de los bienes materiales… Las comunidades religiosas, por especial vocación, deben dar testimonio de la pobreza de Cristo… No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna, sino que quiere ser humilde servidora de todos los hombres… Queremos que nuestra Iglesia latinoamericana esté libre de ataduras temporales, de convivencias y de prestigio ambiguo; libre de espíritu respecto a los vínculos de la riqueza”. (Documento de Medellín N° 14 ‘La pobreza de la Iglesia’: I, 1-3; II, 2-7, III, 8-18).